En San Cipriano, Colombia, nos montamos a una brujita. Perdón, en una brujita.

- Pero, ¿de qué hablas Matías?!.

Nada, es solo otra historia de viaje.

Resulta que hay una reserva natural llamada San Cipriano, como a 70 kilómetros de Cali, yendo hacia el Pacífico. Curvas y curvas que de a poco se meten en un clima húmedo, caliente y selvático.

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La población es de piel morena y abundan las sonrisas.

Llegamos a Zaragoza, un caserío de humildes casas de madera. Hasta ahí podemos llegar en la Andariega. Un montón de niños se nos acerca y me pide que los lleve en la moto. Se van corriendo al lado de nosotros y nos indican dónde podemos estacionar.

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Cruzamos un puente colgante y ellos, muy animados, nos interrogan respecto del viaje. Saben que Santiago es la capital de Chile y cuando les contamos que estuvimos en Brasil me preguntan si conocí a Neymar y si fui a la estatua de Cristo.

Uno de ellos se ofrecía a cargar nuestras cosas. Insistentemente. Otro, le dio un duro puntapié -que lo llevó a las lágrimas- y le dijo que era "un aficionado al dinero", pues el truco estaba en llevar nuestras cosas a cambio de una moneda.

Luego de pasar el río pagamos en la boletería los $12.000 colombianos que me dejarían montar en la brujita.

Avanzamos unos tantos metros más allá y sobre la línea férrea, donde pasan ferrocarriles de carga, veo un tablón sobre los rieles, puesto sobre unos ejes que en cada extremo llevan rodamientos metálicos, y sobre todo eso una moto y asientos.

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Al fin veía la mentada brujita. Un sistema de transporte público que permite recorrer los 7 kilómetros desde Zaragoza a San Cipriano, cruzando ese húmedo y caluroso bosque, que pasa sobre puentes y que se va a total oscuridad dentro de los túneles.

Nos fuimos sentados en primera fila y, sí, cuando partimos iba asustado. A cada paso de la brujita sobre la unión de rieles, hacía un fuerte sonido y cada tanto parecía que nos íbamos a descarrilar.

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La tracción de la rueda trasera de la moto nos impulsaba fuerte, como si de una carretera se tratase. Pero el chofer era ducho y sabía cuándo desacelerar.

Ahí estaba junto a nosotros, erguido y concentrado en los rieles. Acelerando y desacelerando, con habilidad supina.

Luego de eso, solo disfruté del viaje.

De pronto, frente a nosotros aparece una brujita en sentido contrario. El chofer, que venía solo con 2 pasajeros, los hizo bajar, tomó dos mangos y sacó el carro de la línea. Pasamos, volvió a montar el vehículo en los rieles y siguió su paso. Sin más rodeos.

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20 minutos después, llegamos a San Cipriano. Su única calle de piedras está llena de restaurantes y hoteles. Todos de madera. Un lugar muy humilde.

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Se sigue la huella y hay accesos al río Escalerete. Hace unos días una mujer fue llevada por la corriente luego de una crecida, así que nos decían que no fuéramos irrespetuosos con el agua.

Cada tanto, el río ofrecía pozas profundas, cuales piscinas olímpicas. Hasta 18 metros tenían algunas. Y por más honda que fuera, fácilmente podíamos ver el fondo a través de su prístina y verde agua.

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Nos zambullimos y ahí estuvimos, hasta que los dedos se empezaron a arrugar. Me picaron 6 bichos y conversé con letargo con otras personas que pululaban por ahí.

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De pronto, otros pasaban flotando, desde río más arriba, sobre enormes cámaras de neumático. En el pueblo es un buen negocio el arrendar esos aditamentos que divierten a los turistas.

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Todo el día estuvo nublado. De pronto, una lluvia, como avalancha, comenzó a caer sobre nosotros. Todos se iban. Estuve un rato en el río, parado, dejando caer la lluvia sobre mí.

Después me acordé que tenía dinero, teléfonos y todo en una mochila no impermeable. Así que le construimos una capucha con enormes hojas secas. Nos paramos bajo un techo y ahí nos quedamos un buen rato, junto a una pareja de franceses. Solo nos sonreíamos, pues no habló la lengua de Pepe Le Puff y ellos tampoco las palabras de Don Quijote.

Nos fuimos por el sendero, bajo la lluvia. Tomamos la brujita y pese al agua, el regreso fue a mayor velocidad.

Con algo de adrenalina, llegamos a Zaragoza. Empapados.

Nuestros pequeños amigos ya no estaban...

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