Nuestro regreso a Chile fue express. Viajamos solo a realizar unos trámites que quedaron pendientes al momento de salir, pero que son muy importantes para lo que viene más adelante en la ruta.

El más importante era poder vacunarnos contra diversas enfermedades a las que podríamos estar expuestos en países tropicales.

Cuando estábamos viajando por Chile queríamos inocularnos todas las vacunas de una sola vez (fiebre amarilla, hepatitis A y B, fiebre tifoidea, rabia y antitetánica), pero en regiones el precio es mucho más elevado que en la capital y tampoco quisimos hacerlo en Argentina, porque pese a que son gratis, creemos que no corresponde utilizar un sistema que no ha sido concebido para nosotros.

Esas vacunas son las que generalmente se solicitan en ciertas fronteras. Se supone que debería ocurrir así, pero América es América, y muchas veces las reglas no se siguen al pie de la letra y los certificados no son solicitados. Pero independiente de que pidan o no los certificados, queremos estar protegidos contra esas enfermedades.

Bueno, después de cruzar la Cordillera a -9 grados (como les mostramos en el blog anterior) decidimos hacer una detención en Los Andes. Ya no podíamos más del frío luego de descender la Cordillera. Así que nos quedamos donde Regina, la mamá de Karina una gran amiga nuestra de Coquimbo. Fue tan gentil ella que sabiendo que veníamos como cubos de hielo, nos esperó con un consomé de pollo soms de hielo. No se imaginan cómo estuvo eso.

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Ahí estuvimos una noche y luego permanecimos en Santiago unos 4 días, en casa de mi hermano Felipe. Luego nos ocupamos de "gimnasia bancaria". 

Después de eso llamamos a todos los centros de salud autorizados por el Ministerio de Salud chileno para vacunar, pero en ninguno había stock de fiebre amarilla. Medio resignados, decidimos ir por las otras y seguir buscando en otros países la que nos quedó pendiente. En el hospital clínico de la Universidad de Chile pagamos la friolera de CLP$110.000 (US$174) por cinco vacunas.

Entre otros trámites se nos pasaron los días y retomamos hacia Mendoza, no sin antes de reunirnos con algunos de nuestros grandes amigos: Guillermo y Rodrigo, además de Pablo Bigorra. Ellos nos han prestado mucha ayuda y también alentado constantemente mientras realizamos esta travesía. No quiero entrar en detalles, pero han sido bien importantes para nosotros. Nos invitaron a cenar y la verdad que luego de un tiempo sin estar con amigos fue un verdadero golpe anímico positivo el reunirnos con cercanos. Comimos, les contamos de nuestras aventuras en Argentina y luego nos despedimos.

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A la mañana siguiente reingresamos a Mendoza. No hacía tanto frío y la nieve que nos tocó al ingresar a Chile se había medio derretido, así que sin mayores novedades nos fuimos a la casa de nuestro amigo Rulo, de quien les contamos en el blog anterior. Con él disfrutamos de un asado… que aunque no lo crean, fue el primero desde que estamos en Argentina.

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Ellos usan leña para prender el fuego y a medida que se generan brasas, las pasan bajo la parrilla para asar la carne. Además, los cortes que usan son generalmente delgados pero con una capa de grasa, que al asarse lentamente la dejan tierna y sabrosa. Un dato curioso que aprendimos acá es que quien lleva la parrilla es el único –y de no hacerlo se puede convertir en razón de una discusión- de determinar en qué momento está lista la carne. No hay chance de andar “picando” o probando la carne de forma anticipada.

Latin American Motorcycle Association

Dejamos al Rulo y luego quedamos con Mario Casas, quien es presidente de L.A.M.A. (Latin American Motorcycle Association) Mendoza y secretario Sudamericano de la misma organización. L.A.M.A. es una organización fundada en Chicago que tiene como objetivo promover el motociclismo, sobre todo el de viajes de larga distancia. Posee “capítulos” en diversos países del mundo y como tal, cuando un miembro se encuentra de visita, es comúnmente recibido como si fuera de la familia.

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Con L.A.M.A. Mendoza tuvimos una velada de gran camaradería, conociendo a la mayor parte de sus asociados. A parte de ellos los había conocido con anterioridad en Córdoba, durante un rally realizado en octubre de 2017. L.A.M.A. es una organización que promueve los más profundos valores democráticos y como tal, en ella puede incorporarse cualquier persona. Junto a la Pau nos hicimos miembros gracias al consejo de nuestro amigo Italo Sarno, presidente del capítulo de Chile y el apoyo de Ángelo Ureta.

Junto a Mario Casas también disfrutamos de Mendoza y conversaciones con otros amigos de las motos, como Daniel Díaz, de Falconeros Mendocinos, quien además administra una red de apoyo a motoviajeros, conocida como MAI (Moto Ayuda Internacional).

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Pasamos un par de jornadas junto a Mario y su esposa Mónica, hasta que llegó el momento de seguir rumbo. Nuestra idea original era avanzar apenas unos 200 kilómetros (o menos) hasta San Juan, al norte de Mendoza, y desde ahí seguir hacia el norte de Argentina. Pero lo que nos recomendaron fue irnos a través de San Luis, lo que nos significaba tomar hacia el este unos 300 kilómetros.

Decidimos esta opción, que si bien era más larga, significaba seguir caminos mucho más verdes e impresionantes, además que San Juan, al estar más cerca de la Cordillera, nos implicaba seguir sufriendo con el frío.

Pero como no nos gusta mucho quedarnos en ciudades grandes, nos dirigimos unos 25 kilómetros al noreste de San Luis, capital de la provincia del mismo nombre (a la cual se accede por la Ruta 7, que lleva a Buenos Aires… y que por ello, nos tocó pagar el primer peaje en este país, equivalente a AR$10).

Nos quedamos en Potrero de los Funes, una localidad pequeña, emplazada en torno a un lago, que a su vez tiene una pista de velocidad donde se corren carreras de vehículos de tanto en tanto. Pero cuando no, el autódromo es una calle más. Por supuesto, algo más le puse al acelerador para jugar en las curvas y pisar las chicanas… como veo ocasionalmente en la TV. Como ya era domingo, las calles estaban repletas y nos llamó la atención que muchísimos clubes –principalmente de vehículos- usan la pista para reunirse y conversas sus temas de interés.

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Ahí necesitábamos descansar y optamos por quedarnos en una cabaña. Probablemente fue la mejor decisión que pudimos tomar. Cerca del lago fuimos hasta la Hostal Molinos de Vientos. Podría ser como cualquier alojamiento, pero Luis y su familia nos atendieron de lujo. Llegamos a media tarde y ellos estaban celebrando un cumpleaños. Al rato nos fueron a dejar torta y carne, preparada a la olla, similar a la carne al jugo. Hasta un pequeño recuerdo nos dejaron, el que ahora llevamos sobre nuestra moto. La verdad es que disfrutamos muchísimo la estadía por ahí.

hostal

Con mucha alegría y pilas recargadas nos preparamos para nuestra siguiente aventura: rodar junto a los cóndores. Pero eso se lo vamos a contar en el siguiente blog!