Luego de llegar a Río Mayo por el paso Coyhaique Alto nos enteramos que había llovido de forma muy intensa y algo inusual para la zona. Las calles estaban inundadas en el pueblito y se sentía esa calma después de la tormeta. Por ahora.

Conversando con algunas personas de ahí finalmente descartamos seguir hacia el sur, dejando la idea de llegar a Ushuaia para el futuro. Ya habrá oportunidad de hacerlo, total, el fin del mundo no se irá de ahí. Luego nos enteraríamos que debido a las lluvias y nevazones, varios tramos de la ruta 40 al sur estaban cerrados.

Aquí un video relatando ese tramo del cruce por la Cordillera:

Así que nos fuimos al norte. Nuestro primer destino era el pueblito de Tecka, a orilla de camino y a unos 300 kms de Río Mayo. Los primeros kilómetros fueron muy sencillos, íbamos con el viento de cola, había buena temperatura y los paisajes patagónicos después de la lluvia nos deslumbraban.

En la carretera nos topamos con unos brasileños que iban en una Kombi azul. Nos toparíamos con ellos varias veces en el camino.

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Si bien todo el tramo es muy plano y las rectas llevan muchísimos kilómetros, de tanto en tanto había pequeñas colinas que nos daban paso a vistas tremendas de la carretera y la Patagonia. Fue imposible no detenernos a tomar unas fotos.

De a poco, la carretera empezó a curvarse y seguimos una dirección noroeste, por lo que el viento nos daba de forma lateral. Inmediatamente lo sentimos: la temperatura se fue al piso. La alerta de la moto se encendió en el tablero y los siguientes 250 kms los haríamos entre 2 y 3 grados Celsius de temperatura. Con ello, vino también uno de los mayores riesgos, el hielo. A lo lejos el cielo se veía negro, por lo que iba preocupado del clima más adelante. A medida que avanzábamos comenzamos a ver nieve junto al camino y algunos montones blancos sobre la calzada. Inmediatamente tuve que tomar una conducción mucho más lenta y a la defensiva. Aproveché que los camiones también iban lento para conducir algunos tramos detrás de ellos, ya que rompían el viento y también deshacían el hielo sobre la calzada.

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El frío comenzó a afectarnos. Pese a nuestros trajes y la calefacción de la moto, la conducción se hacía muy incómoda. Intentamos para en dos lugares: Los Tamariscos y Nueva Lubecka. La idea era poder tomar un café para recuperar temperatura. En Los Tamariscos la hostería estaba cerrada, así que me fui contando los kilómetros hasta Nueva Lubecka, pero cuando llegamos ahí solo había una casa particular, que supongo era de la estancia local. Fue un golpe duro.

Así que cuando la cosa comenzó a ponerse fea con la Pau empezamos a analizar la idea de regresar a Río Mayo y tomar la carretera hacia el este, para llegar hasta Comodoro Rivadavia.

Pero la ruta quería otra cosa. De pronto se puso a llover, los caminos se limpiaron del hielo y la temperatura subió levemente. 5 grados era magnífico para nosotros. Además, llegamos a Gobernador Costa, donde nos detuvimos a comer: creo que fue la mejor sopa de verduras que haya tomado alguna vez. Y eso que odio el zapallo. Tenía tanto frío que la comí con ganas. También compramos un café y empanadas. En total, AR$220 pesos (US$10 aprox.).

También compré un spray que dice “cadena líquida”. Es un producto que se aplica sobre los neumáticos y que se supone mejora la adherencia de éstos sobre el pavimento frío. Seguimos ruta, por apenas 80 kilómetros, hasta Tecka, un pequeño pueblo de la provincia de Chubut.

Ese tramo breve fue extraño. Entre las nubes salió el sol, pero el mismo tiempo llovía. El viento nos daba en la espalda, por lo que el frío “desapareció”.

Llegamos a Tecka. Alojamos en este pequeño pueblito junto a la Ruta 40 y me llamó la atención que había muchas referencias a Ricardo Austin: calles, murales, monumentos, placas y otros.

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Así que entre las pocas personas que logré ubicar en la calle pregunté quién fue Ricardo. Ahí fue que me enteré de una dramática historia.

En 1982, Ricardo Austin salió a defender a la Argentina en la Guerra de las Malvinas, que este país libró con Inglaterra. Lamentablemente, falleció, siendo enterrado en la isla.
Su madre, Celinda, aún vive en el pueblo y en estos 36 años desconoció la tumba exacta de su hijo. Gracias a un trabajo de la Cruz Roja, que analizó los restos de 88 soldados fallecidos en combate, recién en 2018 pudo saber dónde descansa Ricardo.
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