Lo que más nos decían de Río de Janeiro es que no fuéramos, que es muy peligroso, que la moto que nosotros llevamos es muy cotizada 

pues se usa para arrancar de la policía o que si erramos el camino hacia una favela moriríamos en el acto. Así de drástico. Ir a Río podría terminar con nuestro viaje, volviendo a Chile dentro de un cajón.

Todos, pero absolutamente todos hablaron de los riesgos de ir a la capital de ese estado, ubicado en la zona centro sur del Brasil.

Inicialmente Río no estaba dentro de los lugares que queríamos conocer, pero la Pau fue insistente en que quería visitarla. Me mostraba sus conversaciones antiguas con amigas, hablando de sus deseos de conocer el Cristo o el Pan de Azúcar. Así que finalmente tomamos dos decisiones importantes para el viaje por Brasil: primero, iríamos a Río y segundo, seguiríamos subiendo por el litoral brasileño para visitar las Guyanas, uno de mis principales anhelos de este viaje por América.

Y así nos preparamos para seguir ruteando. Desde Sao Paulo tuvimos un largo viaje hasta Barra do Piraí, en el interior del estado de Río de Janeiro. Solo salir de Sao Paulo nos tomó casi 2 horas. Esa ciudad enorme –la más grande en la que haya estado alguna vez- nos seguía poniendo restos enfrente: filas y filas de camiones en la ruta, bajo un calor sofocante y la moto que es bastante pesada no hacían fácil la tarea de seguir.

Pero ya, después de unas 7 horas logramos completar esos 360 kms.

Hicimos una parada en esa localidad dormitorio para poder enfrentar bien nuestro ingreso a Rio. Queríamos salir muy temprano para evitar conducir de noche, como nos aconsejaron muchísimo.

Pero allí conocimos a Vera Cristina, una colega periodista con quien finalmente nos quedamos varios días, pues ella nos llevó a conocer algunos sitios que están fuera de las guías de turismo. Esos sitios que generalmente son sorprendentes y poco conocidos. También nos llevó a conocer muchas personas del mundo motociclista de Brasil. Así que nuestra estadía breve en un lugar que parecía no tener mayor atractivo se convirtió en todo lo contrario.

Algunas fotos aquí:

Un atardecer en la Sierra da Beleza y la hermosa localidad de Conservatoria. Esta última es considerada la capital del Brasil de la “Serenata”. Los fines de semana músicos recorren las calles interpretando canciones casa, recordando el pasado de la ciudad, que tuvo años de bonanza cuando un tren cruzaba la zona recogiendo el café que los agricultores plantaban en extensos campos.

Las personas con quienes compartimos siguen marcando nuestra ruta por Brasil. Vera nos invitó a dos encuentro con clubes de moto locales. Sin hablar mucho portugués, terminamos en ambos casos dando charlas sobre nuestro viaje, siendo fotografiados y siendo el centro de atención contando sobre nuestra travesía americana. La verdad que fueron días espléndidos.

Por recomendación de todos ellos, incluso de la Policia Rodoviaria de Brasil, para llegar a Río nos fuimos con una escolta de dos personas que conocen la ciudad. Ya hay antecedentes de motociclistas que murieron al entrar a una favela solo por hacerle caso a las indicaciones del GPS.

Así que con guías cruzamos todo Río en dirección a Maricá, una ciudad aledaña, que significó que cruzáramos el puente Nitéroi, de 14 kilómetros, siendo el más largo de Latinoamérica. Fue indescriptible cruzarlo, porque entre que iba manejando, mirando la bahía, el puerto, los barcos, la Armada de Brasil, olvidé de una advertencia sobre fuertes vientos para ese día, así que a ratos fue como andar en la Patagonia de Argentina, con vientos cruzados que nos movían de un carril a otro.

Al terminar el puente –desde sur a norte- hay un peaje que para los motos es de R$2.35 (US$0,5).

En Maricá llegamos a casa de Alejandro y Rafaela, un matrimonio cubano-brasilero, miembro de nuestra agrupación LAMA. Ellos nos recibieron en su casa, donde finalmente nos terminamos quedando una semana. Usamos su hogar como lugar para viajar a Río y conocer todos sus atractivos.

Nuestro primer acercamiento a la ciudad fue esa tarde para conocer las playas de Copacabana e Ipanema. Acompañados de ellos, fuimos en moto hasta la playa de Leblon, donde tuvimos una vista de toda la bahía. Ya se nos había hecho de noche y pasamos junto a una favela. Seguimos caminando y rodando por Copacabana e Ipanema. Llegamos hasta el Forte Duque de Caixas y probamos el agua de coco.

En ningún momento sentí alguna inseguridad.

Al día siguiente regresamos a conocer los imperdibles: el Cristo Redentor y el Pan de Azúcar, además de otros lugares interesantes. Fuimos junto a César y su pareja, ambos chilenos y representantes de ANLAS, la marca de neumáticos con los que viajamos, ya que ellos fueron hasta Brasil para dejarnos un nuevo juego de neumáticos.

Creo que yendo al Cristo fue el único lugar donde pagamos el “noviciado” y cuando llegamos al acceso al Monumento se nos acercó una mujer advirtiendo los riesgos de subir solos al Cristo. Así que nos cobró el valor de dos entradas –por persona- al Cristo a cambio de guiarnos con seguridad. Yo no estaba muy convencido del trato, pero era minoría. Subimos con ella. Las hizo de fotógrafa también.

El acceso al Cristo es de R$28 (US$6,6) y considera un traslado en vehículo hasta la cima del morro. Fuimos un día de semana en temporada baja, por lo que había muy poca cantidad de personas y pudimos disfrutar de manera más tranquila de las vistas.

En el Pan de Azúcar, un teleférico que sube dos morros que otorgan vistas preciosas de la ciudad, el valor de acceso es de R$99 para los turistas extranjeros.

Y así fue que pasamos varios días recorriendo la ciudad. Incluso fuimos a la escalera Selarón de noche. Quizás ahí tuve el único momento de “inseguridad”, mientras accedíamos a la parte más alta de la escalera se acercó un sujeto –no sé con que intenciones- pero me generó una sensación no agradable y preferimos regresar para evitar algún problema.

Entonces, bajo mi experiencia, no puedo decir que Río sea una ciudad peligrosa. En términos de cifras, claro, tiene altos índices de asaltos y criminalidad. Sin embargo, muchas ciudades grandes del mundo poseen también altas tasas de delitos. Río, a mí parecer, no merece tener un estigma.

Eso no quiere decir que visitando la ciudad no se deban tener precauciones. Pero por otro lado eso tampoco debe significar estar escondido y evitando conocer una ciudad tan repleta de vida.

Ya luego nosotros nos sentimos con más confianza y nos aventuramos solos por el centro. Aprovechamos de visitar a César y Carlos, dos amigos chilenos que estaban de vacaciones por la ciudad.

Me hubiese quedado mucho más por allá, porque si bien conocimos harto, nos quedaron muchos pendientes: Pero tampoco perdemos de vista el hecho de que debemos estar en Colombia hacia finales de 2018 y aún nos quedan varios miles de kilómetros de viaje para llegar allá.

Dentro de esos días que quedamos en Río de Janeiro fuimos también unos cuantos kilómetros más hacia el norte para conocer uno de los atractivos del estado: Búzios. Con el tiempo, la caleta de pescadores de "Armacao dos Búzios", en el estado de Rio de Janeiro, fue tomando un carácter turístico. El lugar tiene 23 playas, de aguas tibias y otras frías.
Al caminar por allí es frecuente escuchar personas hablar en español, con acento argentino. Esto se debe a que en la década de 1980 hubo una "explosión" de compra de inmuebles por parte de ciudadanos de ese país en Búzios, lo que obviamente también pujó la aparición de comercios ligados a personas de esa nacionalidad.
Quizás el lugar más reconocido es la "Rúa das Pedras", una cuadra llena de locales comerciales, restaurantes y bares... Eso, además de la Costanera donde se encuentra una escultura de Brigitte Bardot, quien vacacionó allí algunas ocasiones.

En mi opinión las playas de Arraial do Cabo, ubicado un poco más al sur de Búzios, son mucho mejores. Sin embargo, el desarrollo turístico de Búzios es muchísimo mayor

Entonces fue desde ahí que salimos hacia nuestro 6 estado de Brasil: Espirito Santo.