Una vez que dejamos las playas de Santa Catarina tomamos la ruta BR 101 hacia el norte. Llegamos a Curitiba, capital del estado de Paraná por una carretera en perfecto estado.


Nuestra primera impresión de esa ciudad de 2 millones de habitantes es que el orden reina en ella. Las calles son muy anchas y el tránsito fluye pese a la gran cantidad de autos. Mención especial al sistema de transporte público, uno de los mejores del continente por su eficiencia e infraestructura. Eso incluso ha sido imitado en otras ciudades del mundo.

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De hecho Curitiba es una ciudad que desde un comienzo nos gustó. Se nota a simple vista que hay una fuerte actividad comercial, muchas actividades, áreas verdes y diversos puntos de interés para conocer.

Sin embargo, antes de cualquier recorrido me dediqué a cambiar el sistema de transmisión de la moto, que por el uso intensivo ya presentaba señas de desgaste prematuro. Con unos 25.000 kms lo cambié por uno nuevo. Todos los repuestos y mano de obra me significó la friolera de US$260.

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Luego de eso nos fuimos a uno de los puntos llamativos de Curitiba, su centro histórico, que iniciamos desde la Plaza de Tiradentes. La ciudad es antigua: su fundación se va hacia el siglo XVII, por lo que la zona central tiene una particular arquitectura, bien cuidada, de llamativos colores y foco para los visitantes.

Otro punto relevante es su jardín botánico, el que tiene más de 250 mil m2 de jardínes, lagos y áreas de preservación ambiental. Probablemente este jardín sea uno de los íconos principales de Curitiba. Pero también nos dedicamos a conocer varios parques, el museo del arquitecto Oscar Niemeyer y la torre panorámica.

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Nos quedamos allí unos cuantos días junto a Joao y su familia, con quienes conocimos la ciudad en profundidad y disfrutamos de una gastronomía excelente.

Luego de eso nuestro plan era visitar Sao Paulo, la ciudad más importante del Brasil –sin ser la capital- y también una de las más relevantes de América por su tamaño, multiculturalidad, economía y educación. Sin embargo, teníamos muchas referencias negativas respecto a la inseguridad y violencia que se vive en la zona. Nos advirtieron de los peligros de ingresar con una motocicleta de las características que nosotros tenemos, porque es frecuente que los delincuentes las roben.

Así que las indicaciones eran: transitar por avenidas principales, evitar movilizarse de noche y no creerle del todo al GPS… porque siempre buscan las rutas más cortas, pero no siempre las más seguras.

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Ya en la ruta se nos hizo algo tarde y el intenso tránsito de camiones incluso 100 kms antes de la ciudad nos impedía avanzar a un ritmo más alegre del que queríamos. Ya entrando por los barrios del sur se comenzó a hacer de tarde. Horario de salida de los trabajos y las calles se plagaron de automóviles, al punto que pasaban minutos y minutos y estos apenas avanzaban. Para fortuna de nosotros, la mayoría de las avenidas son muy anchas y entre carril y carril se crea un espacio para las motos. Por ahí pudimos avanzar algo más rápido.

Y pasó lo que nos habían advertido: se nos hizo la noche y seguimos el GPS, que nos llevó a un barrio donde todos nos miraban –o eso sentimos nosotros- con muy mal rostro. Hicimos un cambio de rumbo y luego de 3 horas de haber llegado y enfrentado el duro tráfico llegamos a nuestro destino en el sector de Bela Vista.

Ahí conocimos a Gilson, un abogado y miembro de un club de motos ligado a la masonería: Bodes do Asfalto. Con él conocimos algunos puntos de la ciudad, fuimos a una ceremonia y también rodamos por la autopista Ayrton Senna, famosos piloto brasileño de F1.

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Sao Paulo es una ciudad enorme. Su área metropolitana se acerca a los 30 millones de personas. Es una de las urbes más relevantes de América.

Nuestros primeros días fueron dedicados a conocer su zona céntrica, que posee infinidad de lugares y actividades para realizar. En particular me gusta la historia, por ende nos concentramos en su casco antiguo.

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Luego nos trasladamos hacia otro sector de Sao Paulo, Butantá, con Rufino y su esposa Luisa, dos colombianos quienes están en Brasil mientras él termina un doctorado en la universidad de Sao Paulo. Ellos nos dieron muchos tips de lugares interesantes.

Uno de ellos fue el templo budista Zu Lai, donde participamos en una ceremonia de la luz. Fue mi primera experiencia con esta doctrina filosófica, en la que también se puede conocer la forma en que viven los monjes gracias a invitaciones a participar de diversas actividades dentro del templo.

También fuimos al “Embú das Artes”, un sector de la ciudad donde de manera espontánea y hace ya mucho tiempo comenzaron a reunirse artistas y artesanos, creando así un barro muy llamativo, que los domingos se repleta de personas. Disfrutamos mucho conociéndolo.

Curioso para nosotros fue que mientras caminábamos por allí una persona nos gritó: “¡Chilenos!, vengan!”. Era un artesano de Santiago que hace ya unos 40 años salió de Chile y luego de recorrer diversos países se encuentra en Brasil trabajando como artesano en la confección de instrumentos musicales.

También conocimos el Beco do Batman y el Mercadao... el principal mercado de la ciudad:

Pasado unos días decidimos continuar nuestro viaje en dirección a Rio de Janeiro.