Después del eje cafetero, hicimos una pasada breve por Bogotá, capital de Colombia.

En un blog posterior les contaremos cómo estuvo todo eso.

El objetivo era irnos hacia el oeste, siguiendo siempre esas deliciosas carreteras de curvas, que el país nos venía regalando desde que entramos.

Nos fuimos siempre disfrutando cada giro, con objetivo Medellín.

Como solemos hacer, buscamos alguna una alternativa, para escapar así de los camiones… un verdadero peligro en Colombia debido a sus adelantamientos y maniobras que siempre riñen con la vida de los demás.

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Fue en esa búsqueda de recovecos que dimos con un camino muy pequeño entre los cerros, que no fue a dar a Samaná, un pueblito muy pequeño y muy allá arriba en la cima de las montañas. El clima allí era frío y húmedo, mientras que más abajo la temperatura superaba los 30 grados.

Pero bueno, estábamos en Colombia, un país que nos sorprendió muchas veces con esos caprichos climáticos.

Bueno, Samaná era un poblado muy rural. Hombres de bigote y sombrero, niños jugando en la calle y mucha música a alto volumen eran la imagen principal. Conseguimos un alojamiento extremadamente barato (COP$12.000) y nos fuimos a recorrer las pocas calles que tenía el pueblito. La verdad no había mucho que ver, pero sí mucho que vivenciar. Lo mejor de allí era el ambiente campirano. Samaná tenía una tremenda densidad de bares. Dentro, los hombres bebían cerveza y aguardiante –una bebida muy popular en estas tierras- y, siendo una zona rural, afuera de los bares, en vez de haber vehículos estacionados había caballos esperando por sus amos.

Paramos en un restaurante a comer un tremendo festín por COP$5.000 y nos sorprendió lo excesivamente amable de las personas. Así que nos aprovechamos de eso y pedimos algunas indicaciones, porque el camino que queríamos seguir al día siguiente parecía complicado por las lluvias de los días anteriores.

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Pasamos toda la noche bajo un tremendo aguacero. Esperamos que amainara y salimos rumbo a Medellín. La vía que queríamos tomar estaba intervenida debido a derrumbes de tierra producto de las lluvias, así que debimos devolvernos y tomar la carretera hacia Bogotá, y desde ahí emprender nuevamente a la capital del departamento de Antioquia.

La ruta es calurosa, selvática y de calor. En Doradal está la hacienda Nápoles, que perteneció al narcotraficante Pablo Escobar. Ya habíamos pasado por allí unos días antes y nos tomamos la clásica postal frente al portal, con la avioneta y todo. Sin embargo, días después de eso, la administración del recinto decidió echar abajo la estructura diciendo que le parecía inmoral seguir agrandando la imagen de Escobar… pero de todas formas la avioneta la pusieron dentro del parque. Entonces, para poder verla, hay que pagar la entrada al parque.

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Hicimos algunas paradas en la ruta, ya que el camino es magnífico y cada kilómetro entrega postales, sobre todo cuando se conduce sobre la parte alta de las montañas.

Finalmente dimos con Medellín, sorprendidos ya que la mayor parte de la urbe se desparrama sobre un valle, pero resguardado por cerros repletos de casas. Cuando cae la noche y todo eso se enciende, es un espectáculo muy llamativo.

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Estuvimos junto a Raúl y su familia. Fue curiosa la manera en que dimos con él, esas maneras que el viaje nos ha puesto en frente muchas veces. Él nos seguía por Facebook y, siendo un amante de los viajes, ha estado siempre siguiendo nuestras andanzas por América. Así que desde que pisamos Medellín nos ofreció poder parar unos días junto a su familia.

Hicimos en Medellín algunas visitas emblemáticas: la plaza Botero, el museo de Antioquia, la Catedral Metropolitana, el cerro Nubitara junto al pueblito paisa, entre otros sitios que están todos muy juntos en la zona centro. Nos dimos todo un recorrido por el sector comercial, que nos impresionó debido a la cantidad de cosas que se pueden encontrar. Para qué decir del área de tiendas de moto. Ahí aprovechamos de hacer un par de compras para nuestra Andariega y también reparar los daños producto de las caídas en Bogotá.

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Nos recomendaron además, ir hasta Santa Fe de Antioquia, pequeños pueblitos que guardan aún un aire colonial y pareciera que el tiempo se detuvo. A medida que nos acercábamos desde Medellín, la ruta –que es la misma que lleva hacia la costa- comenzó a cambiar geográficamente y el usual verde pasó a pastos secos de color amarillo. Con ello, el calor también se hizo prácticamente insoportable. Íbamos rozando los 40 grados. La moto funcionaba a tope y Pau comenzó a sentirse algo mal. Así que nos detuvimos junto al Puente de Occidente, una estructura muy llamativa, y aprovechamos de descansar, refrescarnos y esperar que cayera la noche.

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Otro sitio increíble cerca de Medellín es la piedra del Peñol y el pueblo de Guatapé. La primera es una enorme piedra que se puede subir hasta su cima luego de caminar los más de 700 escalones. A veces el estado físico pasa la cuenta, pero la recompensa es mayor: la vista que existe al embalse es impactante. Unos pocos kilómetros más allá se encuentra el pueblo de Guatapé, que se ha hecho famoso por las llamativas fachadas de las casas, todas pintadas de colores extravagantes y con diseños que reflejan la idiosincrasia local.

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Los antioqueños se hacen llamar “paisas”. Creo que eso refleja no solo la ubicación geográfica de donde viven, sino que una particular manera de ser: muy amables y acogedores, y con un acento muy particular. Probablemente cuando se asocia la manera de hablar de un colombiano, lo que se conoce comúnmente son los modos de los antioqueños.

Compartimos con muchas personas, que fuimos conociendo por diversos medios. Naty y Cristian, por ejemplo, fueron dos colombianos a quienes nos cruzamos en Argentina y, ahora que estábamos en su tierra, nos convidaron a recorrer un poco de su casa. Estuvimos en Cisneros, un pequeño pueblo, pero que se hizo espectacular gracias al río que lo cruza y donde estuvimos toda una tarde bañándonos.

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O también de Lorena, quien nos mostró un poco de la noche de Medellín. O también de Duvan y sus amigos, que nos ayudaron a conocer la extremadamente sabrosa comida de esa zona del país.

Estando allá, aprovechamos también de realizar una charla en la sucursal de BMW Motorrad, como ya hemos hecho en otros países. Nos gustó mucho compartir con los asistentes, dado que nos hicieron muchas preguntas y, también recibimos tips de lugares a visitar en lo que nos quedaba de Colombia.

Sin duda Antioquia es un lugar que no se puede obviar cuando visiten Colombia. Se van a sorprender con sus paisajes, con el sabor de sus comidas y, sobre todo, el calor de sus habitantes.