La BR319 es una de esas carreteras que todo motociclista debería hacer alguna vez... dicen en Brasil.

Cuando volvimos de Venezuela nos fuimos hasta la ciudad de Manaos, capital del estado de Amazonas.

Allí tuvimos que hacer la mantención de los 40.000 kms de nuestra Andariega. La llevamos al concesionario de BMW y como estamos de viaje, nos atendieron inmediatamente y tuvieron la moto en el mismo día, pese a que le hicimos varias cosas: además del cambio de aceite y filtro, cambié líquido de frenos, aceite de la suspensión delantera, puse nuevas bujías, hicimos un reapriete completo a toda la tornillería, entre otras cosas que señala la pauta según kilometraje.

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En el intertanto, teníamos que decidir nuestros siguientes pasos: desde Manaos ir en un barco hasta Tabatinga, en la frontera con Colombia por el Amazonas y luego subir la moto a un avión hasta Bogotá. La segunda alternativa era ir también hasta Tabatinga pero seguir viajando en barco hasta Perú y desde ahí ir por tierra hasta Colombia.

Sin embargo, ambas opciones eran muy caras. Por eso, decidimos ir hasta la ciudad de Porto Velho, al sur de Manaos, y desde ahí viajar a Perú. Entonces, teníamos dos alternativas: ir por tierra a través de la BR319, conocida como la carretera fantasma, o viajar en un barco que nos llevaría hasta Porto Velho.

Hacer la BR319 es todo un desafío. Es una carretera de 857 kms que se comenzó a construir en 1973 pero nunca se finalizó. En época de lluvias es un infierno de barro. Pero en época seca (marzo a noviembre), se supone, aún es transitable.

Nuestro amigo Koldo, el español con quien hicimos la ruta desde Georgetown a Lethem, iba unos días antes que nosotros y cuando la atravesó, nos dijo que estaba en perfecto estado, todo seco y fácil de manejar.

Así que con esa información y otra que pude recopilar a través de diversos viajeros, decidimos viajar por ella.

El primer tramo era de 250 kms desde Manaos hasta Igapó Açu. Como eran pocos kilómetros salimos a media mañana desde la ciudad. La primera etapa es cruzar el río Solimoes en una barcaza, cuyo valor es de R$25. Esta barcaza se toma en la zona sureste de Manaos.

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El viaje duró una hora aproximadamente. Luego de eso, había un tramo de 100 kms hasta el pueblo de Careiro Castalho, el último punto donde podíamos conseguir gasolina. Después, tendríamos casi 500 kms sin puestos de gasolina, así que además de agua y comida, cargamos dos botellas de gaseosa con combustible.

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Desde ahí, son 150 kms aprox hasta Igapó Açu, donde todos nos recomendaron dormir. 60 kms antes de ese lugar comienza el camino de tierra. El estado era relativo, como la ruta alguna vez estuvo asfaltada y está toda destruida, es muy incómodo conducir por allí, pues la moto iba vibrando mucho. En el costado la calzada era más lisa, pero tenía mucha piedrecilla y a veces nos batía de un lado a otro.

Finalmente llegamos a Igapó Açu, luego de cruzar un ferry que costó R$5. Ahí sabíamos que en un restaurante local prestaban apoyo a motociclistas, así que fuimos a preguntar dónde podíamos montar nuestra carpa. El lugar era muy pequeño y cuando llegamos nos entretuvimos mirando la vida de los locales, que pasaban el tiempo nadando en el río o jugando volleyball.

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Elegimos un lugar frente al río y luego de comer vimos una película en el restaurante. Nos fuimos a dormir, pero nos costó un poco, pues en una casa cercana hicieron una fiesta y la música fuerte no terminó hasta las 5 AM. Además, muchos fueron a beber y conversar cerca de nuestra carpa. Y por si fuera poco, el calor era altísimo y toda la noche sudé como si bajo el sol estuviera.

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Mientras, el cielo de tanto en tanto se iluminaba por rayos que luego tronaban hacia el sur… la misma dirección en la que nosotros debíamos ir al día siguiente.

Danza en el barro

Me desperté a las 6 AM, pero como había dormido poco, finalmente nos levantamos a las 7 AM. Montamos todo, tomamos un café en el restaurante y salimos. Para salir de donde estábamos había que subir por una pequeña calle de concreto, muy empinada. Pero como estaba con tierra, la moto no traccionaba bien y comenzamos a irnos hacia atrás, pese a que tenía ambos frenos presionados. Si no hubiese sido por dos personas que nos ayudaron a sujetar la motos, podríamos haber ido a dar al río.

Luego de eso, la ruta no tendía mayores problema… mientras no lloviera. En cuanto comenzamos a avanzar, a lo lejos se veía todo nublado y con un típico color gris/azul; clara seña de que estaba lloviendo.

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Los primeros kilómetros fueron buenos, con mucha seña del antiguo asfalto destruido. Había tramos pequeños, de 50, 100 y hasta 500 metros con asfalto agrietado, alternado con tierra. Hasta ahí nada muy complicado, salvo las vibraciones de la moto, que incomodaban el viaje. Nuestra velocidad promedio era de 70 kms/hr. No quería ir muy rápido para cuidar el combustible.

De a poco, comenzó a aparecer el suelo húmedo, muestra de que había llovido. Comenzamos a pasar algunos puentes de madera, la mayoría en buen estado, porque el estado de Brasil tiene en marcha un plan para reconstruirlos.

De a poco empezó a aparecer un poco de barro y justo antes de un puente, la falta de tablas y el resbaloso barro, me hizo tener miedo de caer. Meditamos con la Pau un tiempo y decidimos “arreglar” el trecho y pasar la moto caminando.

El calor era tan sofocante que la temperatura de mi cuerpo subió a tal punto que sufrí una fuerte taquicardia y no podía respirar. Debí quitarme todo el equipo de moto y tenderme en el suelo para comenzar a enfriar mi cuerpo. El esfuerzo físico fue muy grande.

Llevábamos agua en botellas, pero ya estaban tibias por el calor. Así que nos detuvimos un buen rato para recuperar fuerzas. Hicimos parar a un par de vehículos para preguntar el estado de la ruta y las noticias que recibíamos no eran alentadoras: más adelante estaba lloviendo con fuerza y había muchísimo barro.

Seguí con indecisión. Más adelante paramos a beber agua y un camionero se detuvo a preguntar si estábamos bien.

Continuamos y vimos cómo ese camión se desvió debido al barro y quedó atrapado junto al camino. Afortunadamente había un pequeño cerro, pues si no, se hubiese ido de costado.

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Le preguntamos si estaba bien y si necesitaba algo. Llegó una camioneta que venía en sentido contrario y entre todos ayudamos a sacar el camión desde el barro. Luego de eso decidimos viajar en caravana, en caso de cualquier “emergencia”.

Y esa “emergencia” llegó unos kilómetros más allá. Luego de cruzar un puente había una gran cantidad de barro que nos hizo caer. Nuestro amigo camionero, nos ayudó a levantar la moto. Fue muy difícil, pues el peso y barro hizo la tarea tremendamente difícil, ya que todo se resbalaba.

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Quedamos tan cansados, que Paolo –el nombre de nuestro amigo camionero- estacionó su camión y nos ofreció almorzar. Vimos cómo su camión estaba equipado y llevaba de todo. Así que ahí nos pusimos a cocinar pollo, chorizo y arroz.

Paolo nos contó que vive en Santa Catarina, muy lejos del Amazonas, y que este era su segundo viaje por la BR319. También nos dijo que trabajó varios años moviendo carga desde Chile hacia Brasil y, como mucha de esa carga era uva, pasó por Coquimbo, mi ciudad. Tuvimos una charla muy amena con él. Conocimos a un gran hombre, quien hace 12 años recorre distintas carreteras, dejando a su esposa y dos hijas en casa.

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Luego continuamos, pero Paulina y parte de nuestro equipaje se fue en el camión.

Pese a la humedad, a ratos brillaba el sol y como el calor aquí es tan intenso, secaba el suelo en cosa de minutos. Pero a medida que avanzábamos, las nubes volvían sobre nosotros y eso hacía que el barro permaneciera húmedo. Pese a ello, había mucha piedra que ayudaba a mantener la tracción.

Sin embargo, el día se nos iba y quedaban muchos kilómetros más. En la moto podía ir un poco más rápido y cada tanto paraba a esperar el camión. Pero llegó un punto en que el camión no aparecía. Antes había pasado unos bancos enormes de barro y pensé que ellos podían estar estancados.

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Volví y vi a la Pau y Paolo en un pequeño restaurante, metido entre la selva, que yo no vi cuando pasé por primera vez. Allí me dijeron que íbamos a pasar la noche, pues ya se hacía tarde, más adelante estaba lloviendo y pese a que quedaban 100 kms para el próximo pueblo, no íbamos a llegar.

Paolo nos propuso dormir dentro del tráiler del camión. Así que nos quedamos en el restaurante, conversando con otros camioneros, comimos y nos bañamos.

Ya al anochecer preparamos una cama dentro del tráiler del camión, que iba cargado con pallets. Usamos una colcha y ahí pasamos la noche, entre los sonidos más increíbles que haya sentido antes. Estar en medio de la selva amazónica fue toda una experiencia.

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A la mañana y luego de desayunar, Paolo tuvo que ayudar a otros camiones a salir del barro, tirándolos con cuerdas. Yo pasé algunos tramos bastante feos de barro y logré incluso clasificarlos. El barro rojo era el más peligroso, pues estaba tremendamente resbaloso. El barro amarillo era menos complicado, pero se adhería como greda a los neumáticos, quitándome tracción. El menos “dañino” era el barro negro, sobre el cual se podía pasar con seguridad.

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Lentamente comenzamos a salir del camino de tierra y nos maravillamos con la naturaleza del Amazonas. Vimos infinidad de aves, monos e insectos de todo tipo.

Lo más raro fue ver algo que llamé "un funeral mono". Un vehículo atropelló a un mono poco antes de que nosotros pasáramos. La Pau se detuvo a tomar fotos y nos dimos cuenta que en torno a él había muchos otros monos llorando. Gemían y miraban el cuerpo inerte tirado sobre la ruta.

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Y así llegamos a Realidade, donde no pude cargar bencina pues las bombas estaban malas. Me quedaban otros 100 kms. hasta Humaitá y tenía unos 4 litros en el estanque.

Me fui tranquilo, cuidando el combustible. Luego comenzó el asfalto, pero repleto de hoyos. Hasta que llegamos a Humaitá. Aproveché de cargar bencina, lavar la cadena y después de eso me encontré nuevamente con Paulo. Cargué la moto y nos preparamos para seguir hasta Porto Velho. Todo el viaje nos acompañó un arcoiris y tucanes en estado salvaje, algo que nunca había visto.

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En la salida de Humaitá nos despedimos de Paulo, quien seguía su camino a Santa Catarina. Y a nosotros nos esperaban unos 200 kms más hasta nuestro destino. Sin embargo, no sabíamos que estaba frente a nosotros el mayor problema que hemos tenido en nuestro viaje… hasta ahora.

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