Desde Medellín una carretera angosta y, como en casi todo lo que llevábamos en Colombia, repleta de curvas.

Eso sí, esta tenía un nuevo ingrediente: los camiones. No es que antes hayamos viajando sin esas enormes moles. No, acá el tema era que los choferes son verdaderos inconcientes al volante, que doblan, adelantan, aceleran, frenan y maniobran como si ellos fueran los únicos en la carretera.

En apenas 150 kilómetros tuvimos varios incidentes que podrían haber terminado en un accidente. Tuvimos que estar muy “pilas” como dicen en Colombia. Es decir, atentos.

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Pasamos de una zona templada cálida en Medellín a otra más fría en las montañas. Pero pasadas unas horas, de a poco comenzó a hacer mucho calor, bordeando los 35. Como contraparte, la ruta hasta Montería, nuestra primera parada era bastante recta y eso permitía disfrutar del viento en el cuerpo.

Con José y su pareja hicimos un breve recorrido en Montería. No era una ciudad en la que tuviéramos especial atención. Nuestro objetivo era seguir adelante para llegar finalmente al Atlántico colombiano.

Sin embargo, nos quedamos un par de noches en esa ciudad. Pequeña, de clima cálido y, como en casi todo Colombia, personas amables. Disfrutamos básicamente del parque junto al río Simú, donde tuvimos oportunidad de ver monos, osos perezosos e iguanas. Todos deambulaban por ahí con tranquilidad y en buena convivencia con la ciudad.

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Aprovechamos de recorrer junto a José, su novia y nuestros amigos de LAMA Montería.

Desde ahí salimos hacia San Antero, la primera costa colombiana que teníamos planeado visitar. Es apenas un pueblito, con una costa tranquila y ventosa. De mucho calor en el día, pero de clima templado cuando cae la tarde. Ahí estuvimos junto al mar, aprovechando mucho de descansar y hacer camping.

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El siguiente destino era Cartagena de Indias.

Llegamos bajo un cielo nublado, lluvioso, pero tremendamente caliente. Me recordó mucho a la costa noreste de Brasil. Así nos fuimos hasta un hotel, donde esperamos que se hiciera tarde, para que el calor bajara. Fue una buena decisión. Así pudimos recorrer la costa con un sol hermoso y ver la ciudad amurallada en el ocaso. Fue muy linda experiencia.

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Caminamos las varias cuadras que tiene el centro histórico y donde hay muchísimas cosas que ver, como el Torre del Reloj, el Museo de la Inquisición, la Plaza Bolívar, Aduana, muros, la Catedral, entre otros sitios. Pero quizás lo más llamativo era el “ambiente”, siempre festivo y colorido, con su casas con balcones repletos de plantas y flores. Pudimos observar muchos bailes propios de la zona, aunque no quisimos hacer un paseo en carreta, tirado por caballos. Nos pareció algo cruel. Solo observamos.

Al día siguiente nuestro objetivo era visitar las islas frente a Barú. Nos fuimos hasta allá en la moto, porque se podía tomar una lancha desde Cartagena, pero el viaje era de casi hora y media y el costo de $60.000. Pero llegando a la isla nos encontramos con diversos precios. Cotizando y rebuscando dimos con valores tanto diversos como 30.000 y 20.000. Finalmente logramos cruzar a Cholón por $10.000. Al volver nos percatamos que el pasaje es de $3.000. Con eso nos dimos cuenta que el turismo en ese sector solo busca extraer la mayor cantidad posible de dinero de los visitantes. Cuando uno llega debe cancelar por tener un techo con sombra, sillas, una mesa, utilizar el baño. En general, está bien, me parece que se debe pagar por usar un servicio, pero los precios eran excesivamente elevados.

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La isla Cholón es muy hermosa, de aguas transparentes y cálidas, pero la experiencia con los promotores de turismo nos dejó insatisfechos.

Otro sitio de mucho interés es el Castillo San Felipe, una construcción hecha por los españoles para defender Cartagena de los ataques de piratas y que fue clave para evitar una invasión de Inglaterra. El costo es de $25.000 pesos y permite recorrer diversos recovecos y túneles por donde se movían los soldados durante las escaramuzas.

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El objetivo siguiente era Barranquilla, muy cerca de Cartagena, apenas 120 kms al este, por una carretera casi recta junto al mar.

Ahí llegamos y nos encontramos con la ciudad aprontándose para el carnaval, uno de los más grandes luego del de Río de Janeiro. Hicimos algunos recorridos por la costa, disfrutamos del atardecer y paseamos por su malecón. Lo único malo fue la compañía del viento, cual convidado de piedra, nunca nos dejó. Sucede que en esta época del año se registran vientos muy fuertes, tan fuertes que varias veces casi nos tira de la moto.

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No hayamos mucho en la ciudad de Barranquilla, así que apenas pasamos un día y nos fuimos a Santa Marta. Bella ciudad, calurosa, aunque también muy ventosa.

Imperdible es bañarse en la playa de Rodadero, visitar el acuario, ir a Taganga y recorrer su zona histórica que es bastante movida, llena de bares y lugares para comer. Desde ahí se puede ir al parque nacional Tayrona, aunque cuando nosotros estábamos por allá (febrero 2019) se encontraba cerrado.

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Así que la alternativa que encontramos fue ir a Palominos, un pequeño poblado junto al río del mismo nombre, ubicado apenas a 80 kms de Santa Marta. Es un sitio que me recordó mucho al valle de Elqui, en Chile. Aunque dista mucho de eso, porque está ubicado junto al mar. Pero el tipo de construcciones, y la onda del lugar me pareció similar.

La playa es muy turbulenta e imposible bañarse en ella. Pero caminando un poco desde el pueblo se puede llegar hasta la desembocadura del río, de aguas prístinas y profundas. Ahí estaba todo el mundo, bañándose, y otros, haciendo algo que llamaba “tubing”, que no es más que tirarse sobre una cámara de neumático río abajo.

Lamentablemente cuando visitamos la costa atlántica de Colombia el parque nacional Tayrona estaba cerrado y no pudimos conocerlo. 

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La Guajira

Luego de eso, nos fuimos hacia La Guajira, una zona fronteriza con Venezuela y donde en su mayoría viven los indígenas Wayuu. Estando allá, muchísimas personas nos advirtieron que esa región era algo riesgo, puesto que las comunidades viven en una condición de extrema pobreza y se valen de los turistas para generar recursos.

En los caminos -y lo pudimos ver- niños, jóvenes y adultos, cruzan cuerdas para frenar el tránsito. Ahí otro grupo aprovecha de pedir a cada chofer alguna ayuda, generalmente monetaria o en alimentos. Debido a esas advertencias, muchos nos ofrecieron ser guías por la zona, a cambio de un valor por el trabajo de llegar hasta Punta Gallinas, el punto más septentrional de Sudamérica, y considerando también el hecho de llevar algunos alimentos para los Wayuu que, sin duda, salen al camino.

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Pero a esa altura del viaje por Colombia las finanzas no estaban muy bien y el monto que debía pagar por una guía se salía del presupuesto. Fue así que nos fuimos solos, al menos hasta el Cabo de la Vela queríamos llegar. Las rutas en esa zona lejana de Colombia están en malas condiciones, para ingresar hacia Punta Gallinas y Cabo de la Vela solo hay huellas sobre la arena, muchas de ellas hacen que fácilmente un desconocido se pueda perder.

Llegar hasta Cabo de la Vela no reviste mayor complicación, hay un tramo inicial desde el pueblo de Uribia que es de ripio. Luego, al desviarse hacia esa playa, comienza una huella mucho más suelta, con arena. Nosotros tuvimos un viaje sin contratiempos y en la ida solo un niño corrió hacia nosotros para pedirnos algo de comer.

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Avanzamos por la arena, a veces se nos complicaba un poco debido al peso de nuestra Andariega, pero me gustó mucho el paisaje. Cuando ya regresábamos decidimos parar a descansar luego de caer una vez en la arena y se nos acercó una familia Wayuu. En un español algo confuso, nos pidieron algo de comer. Como no llevábamos, no pudimos ayudarlos, pero el niño pequeño se acercó a nosotros y subió a la moto. La verdad fue algo complicado hablar con ellos. Tenían una sonrisa constante en la cara, pero su conversación siempre nos llevaba a que quería comida o dinero.

Estuvimos un tiempo con ellos y luego seguimos hacia Maicao, una ciudad ubicada apenas a 10 kms de la frontera con Venezuela, donde se ubica el poblado de Paraguachón. 

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Luego de dormir, a la mañana siguiente nos acercamos a la frontera. Queríamos intentar cruzar. A unos 500 metros de la línea divisoria, hay una patrulla del Ejército colombiano que pregunta las intenciones del viajero. Les dijimos que íbamos hasta el poblado y nos dejaron pasar. Sin embargo, en la línea de frontera es imposible que un vehículo cruce. Ello, porque el gobierno venezolano cerró la frontera al tránsito vehicular como una manera de frenar el contrabando de combustible. No obstante, en toda la Guajira es posible conseguir de manera muy fácil gasolina contrabandeada de Venezuela, la que ingresa al país mediante burreros que cruzan la frontera por pasos no habilitados. Así, cientos de personas venden gasolina a precios irrisoriamente baratos, en botellas de diferentes cantidades. Aprovechamos de cargar combustible y nos devolvimos.

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La zona está muy vigilada por policías y militares. Nos detuvieron muchas veces para preguntar qué hacíamos por ahí. Los más simpáticos fueron dos policías que nos pidieron la moto para tomarse algunas fotografías. Después de eso, teníamos unos pocos días para llegar a Bogotá, dado que debía realizar los trámites para enviar la moto hacia México.