Antes de irnos hacia las “alturas del Uruguay” decidimos dar un recorrido más por Montevideo.

Por muy pequeña que sea la ciudad amerita conocer otros lugares, así que junto al colombiano John fuimos hasta el estadio Centenario, coloso construido en 1930 para disputar el primer Mundial de Fútbol.

Es curiosa su historia. Apenas jugaron 16 selecciones y el día del partido inaugural, a mediados de julio de ese año, estaban terminando de construir algunos sectores, por lo que el cemento estaba fresco cuando se dio el pitazo inicial.

En la planta baja hay un museo que muestra diversos hitos del deporte uruguayo, no solo del fútbol, sino que también del atletismo, boxeo, etc. El segundo piso sí está dedicado por completo al “deporte rey”. Hay un salón largo, lleno de trofeos y fotografías de distintos momentos del fútbol mundial. Pero mi interés era ver la copa que en 1930 se hizo Uruguay al ganar el torneo en casa. Varias vueltas me di, viendo camisetas de Maradona y Pelé, pero la mentada copa no aparecía por ninguna parte.

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Entre medio aparecieron escolares y asiáticos que iban a conocer el recinto. Me paré junto a los asiáticos y me causó mucha risa que se tiraban pedos cada cierto rato, sin ningún tapujo. Una explicación del guía y ¡tum!, sendo peo. Morí de risa, pero ellos me miraban medio incómodos, así que mejor me acerqué al guía que andaba con los escolares. Y ahí él contó que el trofeo –que tiene una forma distinta el actual que se usa desde 1974- está en poder de Brasil.

Vale la pena hacer una pequeña reseña histórica. La primera copa, bautizada en la década de 1940 como Jules Rimet, se usó hasta 1974 cuando se creó el actual trofeo. En 1970 cuando Brasil ganó por tercera vez el Mundial se quedó a perpetuidad la copa, porque así se había dispuesto en 1930. Así, quedó en una exhibición hasta 1983 cuando se la robaron y nunca más apareció. Se dice que fue fundida. Existen otras dos réplicas de este trofeo, una que se confeccionó en la década de 1960 después que la robaran, y la otra tras la pérdida de Brasil. 

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El Estadio Centenario sin duda es un hito del deporte, pero luce ya anticuado y algo a mal traer. Al acceder a la gradería se puede ver que tiene escasa capacidad y a todas luces la infraestructura es ya anticuada.

Dejamos el Centenario y nos dedicamos a recorrer la rambla de Montevideo nuevamente y algo más de la Ciudad Vieja.

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Pero había un lugar que nos llamaba la atención. Era el cerro de Montevideo, donde nos habían dicho que se puede tener una vista espectacular de la ciudad y además visitar un fuerte. El “pero” estaba en que el barrio que está alrededor del cerro es peligroso. Al menos eso nos dijeron. Como nos quedaba aún suficiente luz solar decidimos enfrentar el riesgo. Raudos nos dirigimos hacia allá evadiendo camiones y cuanto vehículo se nos ponía delante. Atravesamos esa “zona roja” sin sentir en ningún momento peligro. De hecho, al poco rato de estar en el cerro apareció una patrulla de policía.

Las alturas de Uruguay

Nuestro plan luego era irnos un poco hacia el interior del país a visitar un sector que nos dijeron tenía una geografía particular. Es el departamento de Minas, donde se encuentran unas sierras, que rompen con el común paisaje plano y verde de Uruguay. Así que nos planteamos la misión de ir hacia allá. El primer día nos fuimos hasta la capital del departamento, Minas, una pequeña ciudad, similar a otras que vimos ya en Uruguay: arquitectura baja, muchas construcciones ya con varias décadas de antigüedad, ordenadas como damero y con escasísimo tránsito de personas en la calle.

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Después de comer recorrimos algo alrededor y elegimos una pequeña cabaña para dormir. Estaba en pleno campo, así que cada cierto rato sentíamos el mugir de las vacas que a escasos metros de donde estábamos parecía que conversaban entre ellas sobre estos curiosos visitantes en dos ruedas.

Pese a la amenaza de lluvia fuimos hacia Arequita y justo antes de que comenzara el chaparrón volvimos cuando el día se nos iba.

La noche fue movida ya que hubo muchísimo viento. De hecho tuvimos que dejar las motos a reguardo para evitar que el fuerte chiflón las fuera a tirar durante la noche.

A la mañana siguiente la ruta nos llevó hasta Villa Serrana. Salimos desde Minas y al cabo de un puñado de kilómetros nos desviamos por un camino de tierra que de a poco se comenzó a convertir en ir y venir de curvas. Primero en subida y luego en bajada. Era la primera vez que nos tocaba un camino de ese tipo en Uruguay. Ya estábamos acostumbrados a las rectas en terrenos prácticamente planos.

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De a poco comenzaron a aparecer casas, algunas de ellas de una arquitectura bien mimetizada con el paisaje verde. Y a lo lejos una laguna artificial… construida por un grupo de personas que quiso poner en valor el pequeño pueblo. 

El sitio ha de ser maravilloso en verano. Lástima que a nosotros nos tocó un día nublado y, de pronto, apareció el convidado de piedra: la lluvia. Pero de esa gruesa, que duele cuando choca contra el cuerpo. Así que nos pusimos los trajes de agua y nos dirigimos hacia el Salto del Penitente, el segundo destino del día.

Era relativamente cerca, pero la lluvia era tan intensa que rápidamente el camino se comenzó a convertir en un terreno barroso, que más de algún susto nos hizo pasar, sobre todo en las bajadas, cuando parecía que ningún tipo de freno funcionaba.

El salto del Penitente es, como dice su nombre, un salto de agua que está dentro de un área protegida. Antes de llegar ahí empezaron a aparecer rocas entre medio del pasto. Daban un aspecto curioso al camino, que se entreveraba con ellas. Y el agua caía y caía.

Al llegar, el infaltable cobro: UYU$35 por persona. Eso permitía acceder a un mirador desde lo alto y también bajar hasta la base del salto, que no tiene más de 60 metros de alto.

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La vegetación también era más densa. A momento me recordaba el Parque Nacional Fray Jorge, que está cerca de mi casa, en Coquimbo, Chile. La vista desde el mirador estaba bien, pero nada muy asombroso, así que bajamos los casi 200 escalones sobre la piedra cruda para llegar a los pies del Penitente. La cosa no era fácil. Si bien la roca es áspera, la humedad permite la aparición de moho que no hizo sencilla la tarea de bajar. Pues bien, casi me caigo. Solo mis reflejos felinos evitaron una desgracia. Era equilibrarme o ir directo al agua.

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Eso habría arruinado a otro personaje que por dárselas de avezado montañista saltó al otro lado del curso de agua y debido precisamente a lo resbaloso de las piedras no podía regresar con su familia. Un equipo de rescate del lugar intentó llevarlo de vuelta, pero tampoco pudieron. Tuvo que llegar personal de Bomberos y de la Policía para hacerse cargo de la situación.

Viajamos así hasta Piriápolis, en la costa Atlántica.